dom

11

oct

2009

Aun los Animales Reconocen la Autoridad y el Poder de su Creador - prte.2

LA FIEBRE DE LA ZARIGÜELLA

 

Mientras él hablaba, Bill se fijó que una zarigüeya dio la vuelta en su entrada y se contoneaba por la entrada de autos de grava hacia su casa. Eso era raro. Aunque las zarigüeyas son comunes en el sur de Indiana, ellas rondaban de noche y nunca viajaban durante el día al menos que algo las perturbara. De día ellas están prácticamente ciegas. Así que ¿por qué estaba esta aquí? Las zarigüeyas generalmente huyen de la gente. ¿Podría esta tener rabia? Él la estudió cuidadosamente. Desde una distancia parecía normal. Un poquito más grande que un gato, ella tenía pelaje áspero grisáceo blanco cubriendo su cuerpo, pelaje blanco fino en su cara, un hocico alargado, orejas pequeñas sin pelo, y un rabo sin pelo parecido al de la rata.
   A medida que se acercaba más, Bill se fijó que ella estaba cojeando, arrastrando una pata delantera. Bill se acercó para mirar más de cerca. El animal no se detuvo ante su acercamiento, pero ella estaba cojeando tan  lentamente que Bill podía estudiarla fácilmente.
Una herida terrible desfiguró el costado que había visto desde una distancia. Tal vez un automóvil la había golpeado, o tal vez un perro la había mordido. Cualquier cosa que sucedió, su espaldilla estaba destrozada y sangrante de una herida que se extendía hasta su oreja. La pierna probablemente estaba fracturada. Moscas verdes zumbaban alrededor de la herida abierta y gusanos se arrastraban en la carne herida.
   Usando el mango de un rastrillo, Bill volcó a la zarigüeya sobre su costado a fin de poder ver la magnitud de sus heridas. Normalmente en semejante condición, una zarigüeya caería desmayada y se haría la muerta; pero esta le gruñía y mordía el mango del rastrillo. Allí es cuando Bill vio que ella era una madre tratando de proteger a sus crías. Una zarigüeya, al igual que un canguro, lleva a sus crías en una bolsa a través de su estómago. Esta madre estaba tan débil que los músculos de su estómago no podían mantener cerrada su bolsa. Bill contó ocho crías pequeñitas retorciéndose dentro de la bolsa de ella.
   “Gene, Leo, vengan aquí y les enseñaré una lección. Vean a esta  madre zarigüeya. Ella pudiera ser un animal mudo, pero en mi pensamiento ella es una real dama. Ella tiene más maternidad en ella que una gran cantidad de las mujeres de hoy en día, especialmente aquella que arrojó a su bebé en el río el otro día. Aquella mujer consideraba a su bebé una carga, y lo mató de modo que pudiese andar correteando a las cantinas y pasándosela bien. Ahora consideren a esta madre zarigüeya. A ella le quedan probablemente unas cuantas horas para vivir, y sin embargo ella ha agotado lo último de su fuerza luchando para proteger a sus crías.”
   Tan pronto como Bill dejó de presionar en el mango del rastrillo, la madre zarigüeya se levantó con dificultad y cojeó el resto del camino hacia la casa de Bill, donde se desplomó junto a los escalones del porche.
   La Sra. Wood dijo, “Hermano Branham, Ud. debería matarla y sacarla de su miseria. Ud. tendrá que matar también a esas crías. Ellas están tan pequeñitas, Ud. mismo no podrá alimentarlas.”
   Bill meneó la cabeza. “Hermana Wood, no puedo hacerlo.”
   “¿Por qué?” preguntó ella. “Ud. es un cazador. Ud. ha matado una gran cantidad de piezas de caza.”
   “Sí, soy un cazador, pero sólo mato cosas que me  puedo  comer  o de otro modo usarlo. O algunas ocasiones yo he matado animales que estaban destruyendo a otros animales. Nunca mato tan sólo por estar matando.”
   “Esta no sería una matanza inútil. Esa zarigüeya se va a morir a fin de cuentas, y entonces todas esas crías se morirán de hambre. El matarlos es lo humano que hay que hacer.”
   “Sé que tiene razón, Hermana Wood, pero por alguna razón no puedo resignarme a hacerlo.”
   “Entonces deje que Banks los saque y los mate.”
   “No,” dijo Bill, “Tan sólo vamos a dejarlos allí donde están por ahora.”
   Todo el día aquella madre zarigüeya estuvo tirada junto al porche, cociéndose en el sol de Julio. Todos los que vinieron para entrevistas y para oración se fijaron en ella y le preguntaron respecto a ella. Varias veces durante el día Bill le picaba con una vara para ver si seguía viva. Cada vez ella gruñía, pero fuera de eso no hacía ningún esfuerzo por moverse, ni siquiera cuando Bill puso algo de alimento y agua a su lado. Una vez él derramó agua sobre su herida para ahuyentar las moscas, pero ellas regresaban en enjambre.
   Aquella noche Banks Wood tocó a su puerta y dijo, “Hermano Branham, Ud. ha ministrado suficiente el día de hoy. ¿Por qué no me permite llevarlo de paseo de modo que pueda relajarse un poco?” Bill aceptó encantado.
   Ellos se pasaron las siguientes pocas horas manejando alrededor del campo, admirando los bosques y los maizales, granjas y graneros, todo el tiempo hablando de la bondad de Dios. Cuando Bill regresó a casa a las 11 en punto, él instigó a la zarigüeya para ver si ya estaba muerta. Ella gruñía lastimosamente y temblaba.
   Aquel gemido lo rondó toda la noche. Durante horas él iba y venía por el piso pensando en ella. Más tarde aquel gemido incluso se coló dentro de sus sueños. Temprano a la mañana siguiente él salió a su porche de enfrente para dar un leve empujón con su pie a la zarigüeya una vez más. En esta ocasión su pierna trasera tuvo una contracción nerviosa, pero fuera de eso no se movió. Ni siquiera abrió los ojos. Bill sabía que no pasaría mucho tiempo ahora para que estuviera muerta. Se volvió a meter a su casa y se sentó en su estudio. Frotándose el rostro, pensó, “De una u otra manera voy a tener que hacer algo con esa zarigüeya hoy. ¿Qué debería hacer?”
   De  la  nada,  una  voz  le  dijo,  “Ayer tú la llamaste una dama y la usaste para un sermón. La alabaste por ser una verdadera madre.”
   “Sí, así es,” contestó Bill. “¿Qué de eso?”
   “Ella ha estado echada en tu entrada como  una  dama, esperando  pacientemente su turno para oración.”
   “Pues, yo no lo sabía. Yo—” Bill se puso de pie rígidamente. Su vista miraba alrededor de la habitación mientras se preguntaba, “¿Qué está pasando? ¿Con quién estoy hablando? Yo le estaba contestando a alguien.”
   Él oyó decir a una voz claramente, “Yo la envié a tu casa para oración. Ahora ella ha estado echada junto a tu puerta casi 24 horas y todavía no has orado por ella.”
   Inclinando su rostro, Bill oró, “Amado Dios, ¿fuiste Tú enviándola conmigo? Perdona a Tu siervo tonto por no entender.” Ahora él podía verlo claramente. La zarigüeya sólo pudo haber venido de aquella mancha de bosques como a 150 yardas [137 metros] calle arriba. Para poder llegar a la casa de él, ella primero tuvo que arrastrase más allá de otras cuatro casas, todas más cercanas al camino que la de él, todas sin cerco. El suyo era el único patio a lo largo de esta cuadra que tenía un cerco, no obstante ella había cojeado por su entrada de autos, rehusando detenerse hasta que llegara a su puerta. Dios debía haber estado guiándola.
   Saliendo a grandes pasos, él se paró junto a la madre zarigüeya, alzó sus manos en el aire, y oró, “Padre Celestial, sé que Tú guías a Tus hijos para que se ore por ellos cuando están enfermos. También sé que incluso cuidas de los gorriones.214 Si Tu Espíritu Santo ha guiado a esta animal mudo aquí para que se ore por él, perdóname por ser demasiado tonto para saberlo. Te ruego, Padre Celestial, en el nombre de Jesús, sana a esta madre valerosa.”
   Tan pronto como él mencionó Jesús, aquella madre zarigüeya levantó su cabeza y miró a Bill a los ojos. Un minuto después ella dio una vuelta, recogió a sus crías y los metió de vuelta en su bolsa. Luego se puso sobre sus pies y dio unos cuantos pasos tambaleantes. Con cada paso ella parecía fortalecerse más mientras corría a través de la entrada de autos sin mostrar la más leve pizca de cojera. Cuando llegó a la entrada, se detuvo junto a una de las columnas en forma de águila y miró hacia atrás a Bill, como para decir, “Gracias, amable señor.” Luego dobló a la izquierda y corrió calle arriba, dirigiéndose hacia la seguridad de los bosques.
* Tomado del libro SOBRENATURAL: La Vida de William Branham Libro 5 de Owen Jorgensen

Represa del río Wolf

RESURECCIÓN DE UN PESCADITO

 

Finalmente, el sábado 22 de Junio de 1957, al estar pescando, junto con otros hermanos en la represa del río Wolf, en Kentucky, le devuelve la vida a un pescadito que había estado flotando muerto por casi media hora.

En la mañana, después de un desayuno de trucha frita en sartén, se subieron a su lancha, pusieron en marcha el motor fuera de borda, y flotaban meciéndose a lo largo del embalse paralelo a la orilla. Ellos buscaron mojarras de agallas azules y peces luna para abastecer su provisión de cebo, pero al principio no pescaron nada. Entonces Bill apuntó la proa de su lancha hacia una pequeña ensenada. Cuando redujo la velocidad del motor, la máquina hizo un ruido fuerte y se apagó. Él dejó que la lancha fuera arrastrada por la corriente cerca de la orilla. Clavando un gusano en su anzuelo, él arrojó su sedal, y pronto sintió un pez picando el anzuelo. Una sacudida enganchó una pequeña mojarra de agallas azules.
   Mientras estaban pescando en esta ensenada, platicaban acerca del poder de Dios. Discutían la ocasión que Jesús le dijo a Simón el pescador, “Boga en agua profunda, y echa tú red para una pesca.” Simón contestó, “Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y no hemos pescado nada; mas, en Tu palabra echaré la red.” Tan pronto como Pedro arrojó su red en el lago, la red se llenó con tantos pescados que se comenzó a romper. Él llamó a sus compañeros que vinieran a ayudarle. Ellos llenaron ambas barcas con tantos pescados que las barcas comenzaron a hundirse.  Bill dijo que él no creía que aquellos peces estuvieran en el lago antes que Él hablara. Él creía que Dios en realidad creó aquellos peces en el lugar.
   Bichos alados pasaban rozando sobre el agua. Las mojarras de agallas azules y los peces luna estaban hambrientos. Regularmente ellos nadaban hacia la superficie y cerraban de golpe su boca sobre un bicho. A causa de que las mojarras de agallas azules son tan pequeñas, Bill estaba usando una caña para mosca con un anzuelo pequeño del # 4. Lyle, por otra parte, estaba usando uno grande del # 12, el mismo anzuelo que él usaba para pescar trucha. Lyle empaló un gusano en la punta del anzuelo, y entonces arrojó su sedal. Realmente él le estaba poniendo más atención a la conversación entre Banks y Bill de lo que le ponía a su pesca. Sintiendo un tirón en su sedal, Lyle enrolló el sedal y se sorprendió al hallar que una mojarra de agallas azules se había tragado su anzuelo hasta sus entrañas. “Miren esto,” dijo él, sosteniendo su sedal con un pescado de tres pulgadas [7.62 centímetros] de largo balanceándose en el extremo. “Uds. ni siquiera pueden ver el anzuelo.”
   Agarrando la mojarra de agallas azules en una mano y envolviendo su sedal en su otra mano, Lyle le dio un estirón. El anzuelo salió con un sonido de desgarramiento, trayendo consigo las entrañas del animal y parte de sus branquias. Lyle silbó en sorpresa y dijo, “Pescadito, ya haz lanzado tu último respiro.” Después de soltar su anzuelo, él lanzó el pescado por la borda. Por unos pocos momentos la mojarra de agallas azules agitó su aleta y cola, luchando para alejarse nadando. Entonces se dejó caer sobre su costado y murió. Ella flotaba fláccida y sin vida, a diez pies [3.04 metros] de la lancha, siendo arrastrada por la corriente lentamente hacia la orilla, empujado suavemente por una brisa suave y el chapoteo de las olas.
   “Lyle, no tenía qué suceder eso,” dijo Bill. “Deberías usar un anzuelo más pequeño. Entonces tan pronto como sientas que pica el pez, dale un tirón a tu sedal. Eso encajará el anzuelo en su mandíbula.”
   “Ah, yo soy tan sólo un campesino que no ha practicado mucho la pesca,” dijo Lyle, empujando otro gusano con su anzuelo del # 12. “Así es como siempre lo he hecho.”
   Banks y Bill continuaron con su conversación sobre el poder de Dios. Como 30 minutos después, Bill mencionó una Escritura que siempre lo había desconcertado. Una mañana cuando Jesús tenía hambre, Él busco higos en una higuera. Al no encontrar ninguno, Él maldijo a la higuera. Antes de aquella noche todas las hojas en aquel árbol se habían tornado cafés. Cuando los discípulos se maravillaron ante cuán pronto se había marchitado el árbol, Jesús dijo, “Tened fe en Dios. Pues seguramente, les digo a Uds., cualquiera que le diga a este monte, ‘Quítate y échate en el mar,’ y  no  duda  en  su  corazón, sino que cree que lo que dice será hecho; él tendrá lo que dice.”
   Mientras hablaba, Bill observaba a aquel pescadito muerto balanceándose no lejos de la lancha. La brisa le había dado un empujón contra algunos lirios acuáticos. Allí flotaba sobre su costado, sus entrañas sobresaliendo de su boca verde, sus características agallas azules ahora se volvieron blancas.
   Repentinamente Bill escuchó un ruido extraño. Alzando la mirada, vio al ángel del Señor ardiendo como un fuego en la falda de la montaña. Bajó de la montaña en un torbellino, precipitándose por encima de las copas de los árboles, dirigiéndose directamente hacia la lancha. Luego el ángel estaba junto a él, el bramido del torbellino llenando sus sentidos. El ángel le ordenó, “¡Ponte de pie!”
   Bill se puso de pie.
   Lyle le preguntó a Banks, “¿Qué está él haciendo?”
   “Silencio,” dijo Banks, “Algo va a ocurrir.”
   El ángel dijo, “Háblale a ese pescado y él vivirá una vez más.”
   Señalando a la mojarra de agallas azules muerta flotando junto a los lirios, Bill dijo, “Pescadito, Jesucristo te devuelve la vida.”
   El ángel se desvaneció inmediatamente. Con todos los tres hombres observando, aquella mojarra de agallas azules absorbió sus entrañas, dio la vuelta a su cuerpo verticalmente, y bajó nadando a través del agua para reincorporarse a su banco de peces.
* Tomado del libro SOBRENATURAL: La Vida de William Branham Libro 5 de Owen Jorgensen

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